Nos nos quedemos en lo irrelevante, busquemos siempre lo sustancial


La comprensión es un saber para la vida. Nada tiene que ver con la erudición que encontramos en la mayoría de libros, que suelen ser una recopilación de citas de otros, de paráfrasis y resúmenes. De pura y simple repetición. Si comprendes lo que otro dice y ves con total claridad que tiene razón, entonces lo asimilas como una parte más de ti. Pero si te dedicas a repetir lo que otros han dicho, simplemente te quedas en la superficie.

Cuando un niño es pequeño tiene miedo de la oscuridad. ¿Qué es lo que le asusta? El no saber qué pasa cuando se apaga la luz. No es capaz de ver a su alrededor, y ese desconocimiento, no poder orientarse en su cuarto si se levanta, le produce angustia. Por eso surge el miedo.

Pero a medida que se hace mayor se va haciendo consciente de que las cosas siguen estando en el mismo sitio, tanto si la luz está encendida como apagada. Puede orientarse en la oscuridad y pasa a integrarla como una parte más de su vida.

La comprensión de la oscuridad, que en este caso no se hace de manera consciente, sino que surge del propio desarrollo del niño, hace que cuando crece deje de asustarle. Si no hacemos el esfuerzo de comprensión de lo que le ocurre al niño, llegamos a la conclusión de que la causa de su miedo es que ha sido mimado en exceso. El juicio impide la comprensión. Por eso los juicios deben hacerse después de que ese acto profundo de reflexión haya terminado.

No nos quedemos en lo irrelevante, busquemos siempre lo sustancial. Nos pasamos la viva repitiendo lo que otros han dicho. Lo que hay que hacer es pensar por uno mismo. Se nos enseñan muchos conocimientos, pero casi nadie nos ayuda a pensar, a ser críticos.

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