El liderazgo es influencia

John C. Maxwell define de manera simple y perfecta la idea de liderazgo: es influencia. Un líder es aquel que tiene la capacidad de influir en los otros. Cuanta más influencia más liderazgo. Sin embargo, hay dos formas básicas de conseguir esa tan ansiada influencia: la negativa y la positiva.

Un líder negativo basa su poder en la destrucción del trabajo de otros, en la división. Se pasa el día criticando e intentando destruir a aquellos que pueden amenazar su estatus. Su manera de ver el mundo es maniquea y sectaria: o estás conmigo o estás contra mí. Solo admite el seguidismo ciego y ve cualquier crítica como una amenaza, no como una oportunidad para mejorar.

Esta clase de líderes dividen a la gente y sacan lo peor que hay en su interior. Un ejemplo evidente es el caso de Hitler. Alcanzó el poder con un discurso basado en el odio a los que eran diferentes, en el racismo y el nacionalismo. Se centró en lograr el poder, no en hacer mejor la vida de los demás. Por eso su legado es de muerte y destrucción, de división y odio.

El liderazgo positivo, en cambio, logra la unidad. No divide, sino que une a los que son diferentes en el propósito de lograr un mismo objetivo. Esos líderes no construyen su poder destruyendo a los demás, pisando a los que se cruzan en su camino. Hacen que los que les rodean sean mejores, que lleguen más alto. Les impulsa un propósito noble, no la búsqueda del poder por el poder.

Muchos hombres y mujeres han ejercido ese liderazgo positivo a lo largo de la historia. Se me ocurre el nombre de uno de ellos: Vicente Ferrer. Una persona centrada en hacer mejor la vida de los que menos tienen en un país tan pobre como la India. Después de su muerte su legado perdura en su fundación, en la vida de todos aquellos a los que ayudó. Es un ejemplo de líder positivo que todos deberíamos intentar emular en nuestras vidas.

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